Según cuenta el padre Castro, en la primera mitad del siglo XVII, época en la que vivió el padre Almeida, se anunciaba el toque de queda para evitar problemas con la sociedad local, así que “no había vida nocturna”.

Es posible que algún ciudadano viera a Almeida a deshoras volviendo al monasterio y que eso ayudara a construir la leyenda. Pero esto también tiene su explicación: “Mucha gente no lo sabe, pero los alrededores del Convento de San Diego eran una zona plagada de árboles frutales. Allí los hermanos franciscanos tenían unas pequeñas construcciones de madera donde iban a orar y a realizar penitencia. Por eso es posible que algunos ciudadanos lo vieran retornar por la noche al convento. Venía de orar”, añade el padre Castro.

Además estaba la figura del Ángel. Los padres franciscanos de la época vivían en un semiretiro y, cuando salían del monasterio, “siempre lo hacían acompañados de otro hermano, llamado ‘El Ángel’, que estaba allí para evitar la llamada de la tentación.

Otro factor que ayudó a construir la leyenda es que el Padre tocaba la guitarra, además de otros instrumentos. En esa época las serenatas estaban mal vistas, puesto que se asociaban a la vida “entregada al vicio” y muchos quiteños iban a la antigua calle del agua, actual calle Cuenca, a tomar mistela y a cortejar a las damas. Por eso tuvo esa mala fama. (MAP)